Gogol y la búsqueda de la cordura

            La vida es un camino plagado de indignidades y humillaciones: esta es la única conclusión lógica a la que se puede acceder luego de un riguroso y profundo análisis filosófico, no sólo de la obra de este genial escritor ruso, sino luego de revisar las de los más grandes héroes de la filosofía occidental a lo largo de toda su historia. Más allá del degradante y simple hecho de envejecer, esta premisa básica puede ser afrontada con diversas actitudes, estados de ánimo o como se quiera denominar a una inteligencia aplicada a un problema. Como todo iluminado, y por cierto que su genio no lo contradice ni desmiente, se cree inmerso en una misión, y ésta consiste en representar las miserias aparentemente insignificantes de la vida cotidiana, descubrir las cualidades épicas del hombre subyugado y abrumado por diversas circunstancias adversas, y hallar un elemento místico que eleve su condición, intentando así justificar su sufrimiento. ¿Cómo actúa entonces su literatura?

            Para plasmar su objetivo, no le escapa a terrenos delirantes, como en los magistrales relatos "La nariz" o "El retrato", que condensan el humor y el absurdo en historias donde los protagonistas no pueden salir de un continuo estado de estupefacción, a fin de aprovecharlos para reflejar de modo indirecto la necesidad de encontrar una cuerda explicación al deslumbrante devenir de los sucesos, desde un vulgar accidente hasta la maquiavélica e infernal organización burocrática del estado. Por supuesto, el humor, y sus impotentes especulaciones para triunfar socialmente, no redimen a sus héroes de sus padecimientos, pero les conceden un espacio en el cual pueden desahogarse, al punto de invertir las acciones con sus exquisitos desvaríos y abastecerse de un espíritu quijotesco. Tampoco sus personajes escatiman metódicos y sesudos análisis, como en "El capote" y en "El jefe de los gnomos", sobre las circunstancias que los rodean, en los cuales la realidad está tan meticulosamente captada que se descompone en átomos que terminan desarticulándola, entrando en digresiones vinculadas más que a un mero capricho del autor, a las fuerzas sobrehumanas de las cuales esa realidad depende. Conocedores de su propia insignificancia, la mayoría mueren olvidados, pero siempre esta cruel certeza responderá a los dictados de Dios, quien les permite resucitar como fantasmas, o estar presentes en el recuerdo de los privilegiados de la tierra. El fin de sus héroes no difiere básicamente del que tienen los que jamás realizaron un hecho extraordinario, los que nunca le interesaron a nadie: seres donde está focalizada su mirada como escritor, como relator de la realidad que lo circunda. Con respecto al manejo de las impresiones sensibles de los personajes y sus reacciones psíquicas ante los instantes extremos: muerte, traición, amor, piedad, etc., Gogol no esquiva un profundo sentido trágico si se lo compara con el tratamiento dostoyievskiano. ¿Qué otra cosa es reducir al absurdo, condensado en el término medio de todas las cosas, a un hombre que no se destaca sino por su falta de características relevantes? Es la perspectiva negativa (en un enfoque fotográfico, concepción que estaba naciendo e influía claramente en el arte de la escritura rusa) de la demencial pasión por una belleza inconcebible o una fealdad irrecuperable, una bondad beatífica o una maldad diabólica; todoa aquellos momentos de éxtasis que puede alcanzar el alma humana. Por más que Gogol considere que todos los protagonistas de su gran novela inconclusa desean colmar de vivencias extraordinarias sus propias almas muertas, cuando a lo sumo, su vida es un cúmulo de situaciones intrascendentes que se magnifican, son cuantiosos los protagonistas que no se degradan y cuidan sus almas vacías como si adentro tuvieran principios morales cotizados en oro. Mediante un sutil manejo de las paradojas, consistente en presentarlas desenmascaradas, funcionando generalmente como muestras de un suceso trágico que puede provocar casualmente un romance esplendoroso o cualquier situación dichosa, y a la inversa, una celebración que promete ser deslumbrante y alegre que recae en muertes espantosas o escarnios vergonzantes, sabiendo que los instantes felices se reciclan pero siempre son monótonos y fugaces, el lector se sumergerá en los apuntes de los oprimidos, los elegidos por Gogol para mirar de frente al cosmos con la certeza de que el bien aparente pronto puede transformarse en mal, que la voluntad del hombre es maleable y siempre puede ser influenciada por las modas que imponen las poderosas instituciones que rigen la sociedad, objetivo fundamental contra el cual debe disparar todo escritor que se precie de honrado, sin necesidad de recaer en la pose del torturado. Con humor, valentía y sagacidad, podrá revelar los mecanismos que gastan los poderosos para consolidar su papel hegemónico. Chíchikov se comporta como un Quijote luchando contra monstruosas burocracias y endemoniadas confabulaciones dispuestas a jaquear su humildad y su nobleza.   

Cómo hacer una obra de arte

                Desde un principio se debe distinguir claramente la facultad creativa de la imaginación. Esta última no requiere la participación del pensamiento para entrar en funciones desde el rincón oscuro del cerebro en el que habita. Basta con cerrar los ojos y aprontarse a dormir para que la imaginación se transforme en sueño. A partir de ese instante, la utilización que se le otorga depende en parte de la facultad creativa de la persona. El proceso de usufructo de la imaginación sí requiere un profundo discernimiento de la materia u objeto que se está creando, un trabajo mental, una disposición particular para afrontar la más sagrada de las actividades que el hombre puede emprender (dentro de las que lo distinguen del reino animal).

                El criterio estético no debe intervenir de modo alguno en el tránsito que va desde la primera percepción de que se está imaginando algo hasta el fruto final que depara el acto de creación. Ya cuando se posee la primera imagen de la obra a crear, debe asegurarse la certeza de un desarrollo coherente con un final acorde y armónico con la idea inicial. Esto no implica una elaboración exhaustiva de la cadena de elementos que componen la obra sino más bien un auto-respeto que apunta a dignificar la tarea creadora, tomando a la obra como algo capaz de trascender la vida misma de su creador. Entonces, la voluntad debe prescindir de cualquier prerrogativa externa a su mente que enderece su obra hacia alguna corriente estética, como así también considerar el entorno natural en el que se halla para no encarrilarse obstinadamente en el fluir de una falsa libertad creadora.

                Consiste la facultad creativa en resolver en qué punto se estacionará la imaginación para dar paso a la búsqueda de recursos argumentales que alteren la imaginación y la conviertan en una historia, que a su vez puede generar otras historias e ideas disímiles en los estudiosos de la obra (no así en los consumidores, que son quienes confunden imaginación con facultad creativa).

                Toda esta explicación no consigue dar por tierra con la infalibe creencia de que el genio y la inspiración son accesibles únicamente a unos cuantos elegidos, y son ellos los que guardan el verdadero secreto de su magia, capaz de transformar nuestras vidas. No es el propósito de este ensayo descubrir una fórmula, un procedimiento específico de creación, sino estimular a los indecisos y detener a los incautos, delimitar en lo posible el campo de la creación a una imaginación trabajada, que aspira a incidir en la vida de los demás.  Ante esta situación la creación se consolida como una necesidad básica semejante al aire cada vez más contaminado que respiramos. Así como debemos trabajar con máquinas e instrumentos ecológicos para limpiar el aire, debemos sudar para que la obra sea la fiel representación de un proceso a través del cual se tranforma la imaginación, filtrándola como el aire, en tangible realidad. Las dos faenas resultan, en consecuencia, actos de depuración.

El tiempo

                Abrí los ojos en el sueño que no era realmente un sueño y vi el techo del hotel lleno de manchas. El cielo raso empezó a bajar hacia mí y las manchas se fueron haciendo más grandes. La habitación parecía inclinarse primero hacia un lado y luego hacia el otro. Me sacudí los ojos con los nudillos de las manos hasta hacerlos doler. Los cerré bien fuerte tratando de que desapareciera toda imagen de mi mente. El problema ya no era sólo lo que podía ver. Mi cuerpo se bamboleaba de un extremo de la cama al otro. Sentía que rodaba por las ásperas frazadas hacia la dureza del piso. Caí de espaldas y las baldosas frías de la habitación se incrustaron en mis glúteos. Mi cuerpo se estremeció y comencé a sacudirme como un gato mojado. Un pedazo del techo se desprendió y el bloque cayó a un metro de mi cabeza convulsionada por el polvo de la pintura desprendida. Tosí bruscamente para despejar la sensación de miedo que se había apoderado de mí. La abertura que se había formado produjo una grieta en la oscuridad absoluta que me rodeaba. Una luz tenue, el pálido reflejo de la luna, ingresaba a la habitación tímidamente para iluminar parte de mis sueños. Pero estaba despierto. Palpé la pared y noté que estaba avanzando hacia mí. Lo hacía lentamente, con la misma solemnidad que utilizan los verdugos para ejecutar a los condenados. El ruido que hacía al arrastrar el zócalo del suelo me atravesó los oídos. Me deslicé hasta la pared de enfrente pero el viaje no fue tan largo. Esta también avanzaba con un ímpetu avasallador. Las paredes de los costados comenzaron a moverse. La biblioteca desfilaba empujada por una fuerza incontrolable. Del otro lado, la pared se adelantaba maciza mientras la única ventana se empequeñecía en su interior. Traté de levantarme antes de que desapareciera del todo y choqué mi cabeza contra el techo. En él ya no había rastros de luz, ni siquiera el rebote de una estrella fugaz. Me agaché instintivamente y pude sentir cómo unas cucarachas huían despavoridas por las diminutas grietas que aún resistían entre la pared de la biblioteca y el piso. Me acosté y, desesperado, extendí mi cuerpo todo lo que pude. Mis manos no podían soportar la presión del mueble avanzando. Algunos libros cayeron pesadamente sobre mi cabeza y mis manos. Mis piernas estaban cada vez más flexionadas ante el encierro que se cernía sobre ellas. Me escurrí debajo de la cama buscando un último refugio. Así, todo doblado y comprimido, esperé a que el tiempo pasara para aplastarme, tragarme como una aspiradora y escupirme a otro mundo.